Damnificados de las presidenciales de EE.UU.: Los niños y los jóvenes

El día después de las elecciones me tocó experimentar uno de los momentos más difíciles, hasta la fecha, de mi vida de padre: mi mujer y yo tuvimos que explicarles a nuestros dos hijos, dos varones de 8 y 6 años, el desenlace de las elecciones. “¿Pero cómo? ¿Ganó Trump?” nos preguntó el mayor.

El mayor: el mismo que al día siguiente, el jueves 10 por la mañana, se levantó llorando desconsolado: le confesó a su madre que no quería que sus amiguitos se mudasen del colegio, y que no quería que le matasen (utilizó el verbo “to kill”) porque a él le gustaba Obama. Sin duda los niños en el cole habían estado comentado, filtrado por el prisma de su corta edad, el resultado de las elecciones.

Las niñas, en particular, han sufrido un duro golpe. En el centro en el que enseño, en las afueras de Nueva York, muchas lloraban desconsoladamente, abrazadas unas a otras. (Me consta que esas imágenes se repitieron en muchos otros centros escolares de Nueva Inglaterra, según las conversaciones que mantuve con numerosos amigos.) Lágrimas de incredulidad, de amargura y de rabia en muchos casos. Como un día de luto—luto moral, por la muerte entre esas jóvenes de la ilusión por la igualdad de sexos. Junto a las niñas, los varones negros manifestaban una tristeza profunda y devastadora. Entendían bien el significado ideológico de estos resultados.

Porque el problema de la victoria de Trump no es sólo su falta de preparación y de substancia, o su volatilidad. Es que le ha dado luz verde a cualquier racista o sexista del país para insultar o vejar al prójimo, para decir lo que se le pase por la cabeza, sin remordimientos o filtro alguno. “Si Trump llegó así a presidente, yo también puedo decir lo que me venga en gana”.

Insultar está bien. Mentir está bien. Ir de listo y aprovecharse de todo y de todos—para no pagar impuestos en 17 años, por ejemplo—está bien. Las minorías, unos rebeldes. Los emigrantes, somos un peligro. Las mujeres, un producto para usar y tirar.

Ya ahora, apenas unos días después de las presidenciales, hay atisbos del daño que el tono y el mensaje de su campaña pueden haber causado entre los más jóvenes. Son espeluznantes las imágenes del vídeo de la cafetería de un colegio de Michigan en el que se ve a jóvenes coreando a grito pelado, como fanáticos, el eslogan “Build the Wall!” (“¡Construye el muro!”). En los campus de varias universidades se han registrado amenazas y actos violentos contra musulmanes y latinos. En diversos puntos del país han aparecido pintadas con esvásticas y frases racistas. Es triste pensar que ese el caldo de cultivo en el que les va a tocar crecer a muchos niños en diversos puntos del país.

Este es el modelo de comportamiento, y retórico, que ha generado Trump. Su respuesta hace apenas unos días, tras ser recibido en la Casa Blanca por Obama, y preguntado si se arrepentía de los comentarios incendiarios que emitió durante la campaña, fue reveladora de un materialismo (que no pragmatismo) preocupante: “No. Gané las elecciones”. Frase indicadora de hacia dónde apunta la brújula moral de Trump.

Escuché decirle a un cineasta que admiro que el prestigio y el peso de la presidencia meterá a Trump en cintura. Esperemos que así sea. Que el talante del cargo, de la responsabilidad, moldee a Trump. Si no, toda una generación de jóvenes estadounidenses se verá expuesta a crecer mamando un patrón de comportamiento que no invita al respeto, a la unidad y a la concordia, sino que promueve el insulto y la descalificación como modelo de comunicación cívica.

[Esta columna fue publicada en La Voz de Galicia el martes 15 de noviembre]

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