El legado de Obama

[Artículo publicado en La Voz de Galicia el 7 de febrero de 2017]

Se va Obama y muchos tenemos la sensación de que ha sido un buen presidente. Sin embargo, es difícil apuntar a logros concretos y duraderos, y más ahora, ante la amenaza de reforma legislativa radical que promete Trump y el partido republicano. Así, una teoría efectiva para entender la percepción en EE.UU. de Obama es verlo bajo el prisma del viejo binomio “acción y palabra”. Hechos frente a retórica: Obama prometió cambio, pero ¿lo materializó?

Tomemos la política exterior: su legado está marcado por esa tensión constante entre acción e inacción. Sus censores le achacan su crónica falta de arrojo para solucionar la crisis de Siria, para enfrentarse a Rusia y China. Al mismo tiempo, lo condenan por la apertura diplomática con Cuba, la retirada de tropas de Irak, la intervención en Libia, el acuerdo de no-proliferación nuclear con Irán.

A nivel interior, los republicanos le han achacado similar incapacidad para tomar medidas efectivas que mejorasen la situación del país. Paradójicamente, dicho inmovilismo se debió en gran parte al obstruccionismo de los republicanos en las dos cámaras desde 2010.

Mas si bien Obama contó con una oposición recalcitrante que se opuso a todas sus iniciativas, también erró en su lectura de algunos aspectos sociológicos y culturales clave. Empujó una agenda social progresista que causó el rechazo de muchos estadounidenses moderados pero conservadores. Se olvidó de ese “americanito medio”, de raza blanca, en el corazón industrial del Medio-Oeste y los Grandes Lagos. La persistencia de la violencia interracial y policial también ha empañado su mandato.

Su plan de salud (Obamacare) expandió el derecho universal a la sanidad, dando cobertura médica a más de 20 millones de personas; pero ha encarecido mucho las pólizas para muchas otras familias (como la mía). Sacó al país de la terrible crisis que heredó en 2008, pero no consiguió trasladar el éxito económico en términos de estadísticas y macroeeconomía a un sentimiento generalizado, entre la clase media de EE.UU., de prosperidad económica y de posibilidad real de mejora. Está claro que el desencanto económico fue un motor esencial de la victoria electoral de Trump en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania. Otros apoyaron a Trump con la amargura de ver que con el cambio de los tiempos se desintegraba una imagen tradicional del país.

Algunos de los logros de Obama parecen pasar desapercibidos, o son infravalorados: legalización del matrimonio gay; lucha por la igualdad de sexos y defensa de los derechos de la mujer; restricciones federales y acuerdos internacionales para proteger el medio ambiente… Otros son inmateriales. Una amiga demócrata me sugirió que quizás el más importante sea el haber movido el país “hacia delante, en la dirección correcta”. Yo añadiría que tal vez sea el haber aportado dignidad, honestidad, modestia y auténtico espíritu democrático a la figura presidencial—algo que vamos a echar de menos con la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

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