Cambio de poderes

[Artículo publicado en La Voz de Galicia el 21 de enero, 2017]

“No me lo puedo creer”. Más hablo con amigos y conocidos de todo pelaje ideológico y social, y más me parece que lo único que unifica a los estadounidenses en estos tiempos de amarga fractura política es la incredulidad ante la inminente llegada del final de la era Obama.

Claro está que esa incredulidad nace de razones diametralmente opuestas. Los simpatizantes demócratas no se pueden imaginar una Casa Blanca sin la espigada estampa de Barack Obama, por supuesto flanqueado por su apuesta familia. Así que ese “no me puedo creer que no lo vayamos a ver más como presidente” va acompañado de una gran dosis de tristeza y desilusión. De entre ese grupo, un nutrido sector enfurecido con el resultado electoral ha decidido pasar de la nostalgia al activismo, como se ve con las manifestaciones-protesta de Washington.

En contraste, es Donald Trump quien se fotografiará en el 1600 de Penn Av. de ahora en adelante, al menos hasta el 2020. Los votantes de derechas, desde la elección de Trump, no han podido contener su éxtasis. Muchos de ellos vivieron la presidencia de Obama como una travesía del desierto—y si no, no había más que enchufar la Fox News y allí estaban los ideólogos conservadores, desde 2008, prosiguiendo metódicamente la labor de zapa y derribo del gobierno de Obama. “No me puedo creer que por fin nos lo hayamos sacado de encima”, piensan sus sempiternos detractores, felices también de haberse liberado de paso del yugo del progresismo que prometía perpetuar Hillary.

En este sentido, tengo la sensación de que para muchos la elección de Trump significa el devolver las riendas gubernamentales y la dirección del país al “lugar que naturalmente le corresponde,” por así decirlo. “Es un reajuste natural, como el que vivimos en los ochenta con la elección de Reagan”, me comentó un ilustre catedrático de historia de los EE.UU. Es decir (usando términos técnicos) una “calibración”, hacia el tradicionalismo blanco, de la maquinaria política y cultural del país.

Pero es eso y mucho más. Ahora Trump y los suyos quieren borrar del mapa el legado político de Obama. Prometen reducirlo, en una ambiciosa agenda de medidas radicales, a la nada. “Esto es algo que ocurre una vez en la vida”, dijo el republicano Paul Ryan, portavoz del Congreso, fuera de sí (según las crónicas) ante la oportunidad histórica, sin paralelo en tiempos recientes, de imponer una ilimitada reforma conservadora.

Los seguidores de Trump confían plena, e incluso ciegamente, en dicho cambio. “La cosa no va a empeorar; y, si cambia, va a ser para mejor”, me dijo un amigo, fiel defensor de Trump desde el anuncio de su candidatura en 2015, condensando el sentir de la mayoría de sus correligionarios. “Cambio en el que puedes creer”, fue el slogan que llevó a Obama a la presidencia en 2008. Lo que pasa es que ahora el cambio que encarna Trump es no solo impredecible, sino de una naturaleza totalmente contraria a la doctrina que siempre defendieron Obama y los suyos.

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