El contraste

La imagen y la presidencia de Obama son paradójicas en muchos sentidos—y más si las contrastamos con la polémica figura de Trump. Se va Obama y muchos tenemos la sensación de que ha sido un buen presidente. Sin embargo, es difícil apuntar a logros concretos y duraderos, y más ahora, ante la amenaza de reforma legislativa radical que promete Trump y el partido republicano.

Una amiga activista demócrata sugirió que quizás el mayor logro es el de haber movido el país “hacia delante, en la dirección correcta”. En cierta medida, Obama estaba condenado a no poder satisfacer nunca las expectativas con las que llegó al poder. Sus victorias electorales fueron brillantes. Pero se basaron en aglutinar una base electoral heterodoxa que solo se podía mantener por el carisma de su persona. Articuló su mensaje ideológico en términos volátiles, casi etéreos: Esperanza (Hope); una identidad nacional unitaria nacida de la pluralidad racial; y promesas de cambio: Change we can believe in (“Cambio en el que podemos creer”).

Pero dicho mensaje de cambio y esperanza se dio de bruces una y otra vez contra el frontón de la realidad. En gran parte, y a nivel interior, debido al obstruccionismo de los republicanos en las dos cámaras desde 2010. En política exterior, su legado está marcado por una tensión constante entre acción e inacción. Se le achaca falta de determinación para solucionar la crisis de Siria, o ante Rusia y China. Pero se le condena en esas ocasiones en que sí actuó, como la apertura diplomática con Cuba o la intervención en Libia. Obama siempre contó con una oposición recalcitrante que se opuso a todas sus iniciativas.

Más allá de su acción de gobierno, hay que juzgar a Obama también a nivel personal. La percepción mayoritaria es que es una buena persona, que ha desempeñado el cargo con dignidad, y que su motivación esencial es el interés de la nación, no su encumbramiento personal. Es, en general, querido y respetado.

Llega ahora Donald Trump, el magnate del ladrillo convertido en portavoz del pueblo llano. En las antípodas en términos de cualidades intelectuales, retóricas y personales. Pero Trump ganó las elecciones gracias a una plataforma ideológica que se cimentó también sobre el concepto de cambio, frente a ese inmovilismo (el de Washington, y el de Obama que se dijo se perpetuaba en el continuismo de Hillary) que tanto exasperó a una parte de la ciudadanía.

Obama abandona la presidencia con un 55% de aprobación popular, según una encuesta (10 de enero) de Quinnipiac University. (¿La figura pública con mayor aprobación según las encuestas? Su mujer, Michelle Obama.) En el polo opuesto, Donald Trump se dispone a inaugurar su presidencia con un 37% de popularidad y un gabinete de gobierno que despierta suspicacias entre una buena parte de la opinión pública. Pero eso sí: a él parece importarle un bledo. Porque cuenta con millones de adoradores en su cuenta de Twitter y (no lo olvidemos) con la sacrosanta bendición del maquiavélico Putin.

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