La fractura

[Artículo publicado en La Voz de Galicia del 17 de marzo del 2017]

A veces me da la impresión de que todo el alboroto que se forma a diario alrededor de la figura y las medidas de Trump dispersa el foco de atención de lo que es la verdadera noticia—y para mí ésta es la terrible fractura que vive el país, la división social e ideológica que separa a dos partes de los EE.UU. que parecen, hoy por hoy, irreconciliables.

Uno “zapea” (o “surfea”, en el inglés coloquial de aquí) entre cadenas de televisión rivales como CNN y Fox News y parece que están hablando lenguajes distintos. Es más: parece que están hablando de naciones distintas. Se enfrentan dos visiones antagonistas de entender el país—y la vida.

Para la derecha, Obama dejó un auténtico desastre; hay que frenar una inmigraciónmasiva que está desfigurando el país y amenaza la seguridad de sus ciudadanos; los EE.UU. deben reducir su presencia internacional, olvidarse de sus alianzas, y renegociar todos los tratados comerciales firmados durante los últimos veinte años.

Para la izquierda, Obama fue uno de los mejores presidentes que ha tenido el país, al que hizo avanzar con reformas correctas y al que salvó de la crisis económica; los EE.UU. deben ser fieles a su tradición e identidad inclusiva como refugio de emigrantes; y deben liderar a nivel mundial, fortaleciendo las estructuras multinacionales que han asegurado paz en Occidente durante los últimos 70 años (la OTAN, la UE, la ONU).

Y lo mismo se puede decir del veto migratorio implementado por Trump. Opiniones diametralmente encontradas, según una encuesta de CNN. Entre los votantes republicanos, 88% lo aprueban y 80% piensan que protege mejor al país; entre los demócratas, 88% lo rechazan y 81% piensan que daña los valores básicos de EE.UU.

Esta fractura se extendió, desde las últimas elecciones, al nivel personal. Hay innumerables casos de amistades rotas, de cabreos familiares y de virulentos choques en Facebook antes y después de las elecciones entre simpatizantes de Trump y de Clinton. Estamos viviendo ahora el lento proceso de reconciliación tras la amarga división. Ese ha sido el desafío desde el 10 de noviembre: superar las tensiones del día a día y reconciliarte con el conocido (ese vecino, o el compañero de trabajo, o el cuñado) que votó al candidato opuesto. Las cosas han mejorado, pero la zanja es aún visible. Falta unidad y diálogo.

Ahora, con Trump de presidente, la derecha se queja de que la izquierda reacciona a todo lo que dice o hace Trump con histeria y pánico. Está claro que eso es, en parte, así. Pero en gran medida Trump no ha hecho nada para mitigar el miedo y la preocupación que acarrea cada uno de sus excesos retóricos o ejecutivos. Ni en uno sólo de sus discursos, desde el 19 de enero, ha tendido un puente a sus detractores. Sigue actuando como si aún estuviese dando mítines en campaña, anclado en “modo electoral”. Ningún gesto que invite a la unidad y a la reconciliación. No parece que tenga que gobernar para todos los norteamericanos—sólo para los que lo votaron.

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