La “normalización” de Trump

Se extiende la sensación de que no hay nada que hacer con Trump. Haga lo que haga, y diga lo que diga, se va a salir siempre con la suya –por muy descabellado o disonante que sea. Insultar a la canciller Merkel al negarse a darle la mano, y después decir que Alemania no contribuye a los gastos de la OTAN. Acusar al presidente previo de haberle pinchado los teléfonos. Afirmar que los primeros 100 día de su administración han sido los más exitosos de toda la historia…

Imposible apelar a su sentido de la responsabilidad, o al de la más básica decencia, para que reconozca cuando se ha equivocado o cuando ha exagerado un dato hasta distorsionar la verdad. Le oí al experto en relaciones internacionales y analista político Fareed Zakaria una observación interesante (y parafraseo): “Es difícil decir si el hecho de que Trump siga diciendo chorradas le va a perjudicar, cuando así ha sido como ha ganado las elecciones”.

Un amigo desde Coruña, tan inteligente como perspicaz, acostumbrado a tratar con los EE.UU. por motivos de trabajo, me escribió el otro día diciéndome que los norteamericanos ya no le hablan de Trump. “Me da la impresión de que ya lo han asimilado o incorporado a sus rutinas”. Ese es el temor que, muchos de los que se oponen a Trump, se esfuerzan por combatir: la “normalización” de Trump. (The new normal, se dice en la expresión coloquial en inglés.)

A mí me da que es más cansancio mental y emocional. Llevamos dos meses de gobierno-Trump, pero por la intensidad y el ritmo de acontecimientos da la sensación de que hayan sido casi dos años. Es difícil mantener el nivel de energía y atención necesarios para asimilar la vorágine de reacciones y polémicas que Trump, o su administración, suscitan a diario. Es casi imposible desentrañar la verdad en la maraña de acusaciones y contra-acusaciones que se cruzan en los medios. A muchos norteamericanos les empieza a sonar como el ruido de fondo de esta presidencia –de esta democracia, incluso.

Solo hay una verdad: aquí nada va a cambiar hasta que los congresistas y senadores republicanos (especialmente los moderados) se decidan a obrar con independencia y a hacer a Trump responsable de sus actos. Solo así podrán salir adelante comisiones de investigación y otros mecanismos políticos y jurídicos de control cuyo propósito es informar la verdad al pueblo norteamericano: ¿Interfirió o no Rusia en las últimas elecciones? ¿Se espió la Trump Tower durante la administración de Obama? ¿Quién ha filtrado información secreta de la Casa Blanca? ¿Por qué la falta de transparencia entre intereses de sus negocios y la actividad presidencial de Trump?

Mientras eso no suceda, seguiremos viviendo en esta especie de nebulosa de las noticias falsas, el continuo cruce de acusaciones, las salidas de tono del presidente y la manipulación de la verdad. O sea, la normalización de Trump.

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