¿Qué mueve a Trump?

[Artículo publicado en La Voz de Galicia el 28 de abril de 2017] ¿Qué motiva las palabras de Trump? ¿Qué explica su comportamiento? ¿Cuáles son los puntales del andamiaje de su personalidad? Si tuviésemos que analizar a Trump como se analiza un texto literario, con 100 días de presidencia, yo hablaría de cinco motivos temáticos que, conjugados, resumen la motivación de Trump.

Hombre de promesas. Trump tiene una obsesión enfermiza porque quede claro que está cumpliendo y va a cumplir sus promesas electorales. De ahí nacieron algunos de sus errores gubernamentales: el primer veto migratorio (de ejecución apresurada y defectuosa), el fiasco de la reforma sanitaria (llevada a cabo sin construir consenso político y sin informar bien a la opinión pública).

Hombre de acción. “Palabra” frente “acción”: ese viejo binomio del pensamiento político se manifiesta a la perfección en la personalidad de Trump, obsesionado por “hacer” y alérgico al mundo de la palabra, de las ideas. Durante la campaña electoral, a menudo comparó la retórica de Hillary y de Washington D.C. con “pasividad”. Repitió la idea en su discurso de investidura: “El momento de las palabras huecas ha pasado; ahora es el momento de la acción”.

Hombre de masas. Trump es incapaz de despegarse de las masas, porque sus seguidores son su verdadero anclaje emocional. De ahí que le esté costando tanto transitar al rol de “presidente” y dejar el de “candidato”. Ese papel le permite seguir conectado a su base popular y dar salida a aspectos clave de su personalidad: su beligerancia, su narcisismo, y (porque no decirlo) ese carisma personal tan arrollador que ven en él todos sus seguidores.

Hombre de enemigos. Trump no rehúye el combate, lo anhela. Tiene una personalidad que divide más que une. Tiende a ver todo en términos de “yo contra todos”. No digiere bien la crítica, y no le gusta que se le cuestione. Es como un púgil: su única razón de ser es el tener enfrente un oponente al que tumbar a la lona—la prensa, Obama, Hillary, el establishment, la OTAN, Corea del Norte… Sin cuadrilátero no hay combate, y Trump se ha construido un ring portátil disfrazado de cuenta de Twitter.

Hombre de engaños. “Trump es como la mágica Bola del 8: cada vez que la agitas, te da una respuesta diferente”, comentó el humorista de HBO John Oliver. Y es cierto: la verdad con Trump es terreno pantanoso. La realidad no es objetiva, sino subjetiva: sujeta a interpretación, a manipulación, a deformación. Los datos, los números—maleables. Según Carl Bernstein, el periodista que destapó el Watergate “estamos ante un hombre mucho más peligroso que Nixon, porque es un mentiroso patológico y compulsivo”.

En el polo opuesto, todos estos atributos explican su victoria electoral y su éxito popular. Su franqueza, su disposición por enfrentarse a todo y a todos, su apego a la acción y a las masas–son atributos que encandilan a sus seguidores. Y que dispute la naturaleza de la realidad, y que la gente se sienta ofendida ante esa reinterpretación de la verdad, los llena de satisfacción.

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